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Querido diario,

El dragón del reloj se ha muerto hoy. Como nadie sabe cómo consiguieron atraparlo van a poner una pantalla de plasma en su lugar. La gente dice que así nos ahorraremos la comida, pero es una tontería; todo el mundo sabe que nunca le dieron de comer. Estaba en un sitio incómodo.

Espero que echen Gran Hermano!
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Si pudiera volver a aquella tarde te diría que no hace falta.

Que podemos quedarnos en la orilla, mirando.

Que no hace falta.

Que lo dije como la gente que pide la luna en las novelas de amor.

Que en realidad nunca quise un frasco de arena del fondo.

Si algún día vuelves del agua espero que no estés enfadada.
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La señora Sophie tenía la casa llena de relojes parados cada uno en una hora distinta, cada uno con un nombre, y le contaba el por qué a todo el que preguntase pero nadie la creía, qué rara es, claro, inglesa y ya se sabe y además con manías de abuela.

Lo que fue más difícil de explicar fue cómo consiguió parar el último reloj en la hora exacta de su muerte, y si el nombre lo había puesto antes o después.
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005

-¿Me seguirás queriendo a pesar de que pase el tiempo?
-Aunque se apague la luz de mi corazón, seguiré amándote por los siglos de los siglos.
-¿Aunque se borren nuestras iniciales por la lluvia?
-Aunque un río de piedras nos separe yo te seguiré queriendo.

Nadie les ha escuchado, nadie les ha visto hacerlo. Nadie, siquiera, repara en su existencia, pero desde aquella noche en el parque, la farola oxidada y el roble que crece frente a ella han estado amándose en silencio.

No dijeron una palabra más después de aquella noche, antes de que el árbol se secara y la farola fuera trasladada al puerto. Justo después de que el parque desapareciera bajo una mole de edificios y sólo quedara de ellos esta foto de recuerdo.

Ella ilumina el puerto intermitentemente en las noches de invierno. No puede evitarlo. Es la manera en que lloran las farolas.
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Escribe la fecha con cuidado, rozando apenas con la pluma la fotografía, delicadeza y dedicación en cada letra. Nunca escribe comentarios, o anécdotas, o memorias en ellas. No tiene diario. Sólo guarda las fotografías junto a los discos de vinilo rayados y los bolis gastados y las servilletas, en la enorme caja de latón de dónde rescató, entre periódicos y revistas viejos y arrugados, su gramófono en un cumpleaños que se le antoja lejano, de hace ya tres años.

No salen caras sonrientes ni edificios imposibles ni paisajes edenísticos. A nadie que no fuera él le interesarían (eso cree). Ocurrió hace cuatro días y sólo faltan horas, apenas horas (muchísimas) para el comienzo del nuevo curso y su corbata de Gryffindor está arrugada porque él (Sirius) no tuvo otra idea más brillante que la de jugar a la gallinita ciega ("Como críos, Sirius.") ese día 25, después del "Ey, Lunático" con una bota militar sobre el alféizar de la ventana de su habitación, volando en una calle destartalada de Londres.

Entre sus risas discretas y los aullidos del otro, con la corbata colgando aún, después del juego, sobre los ojos, las fotos se hicieron especiales cuando él le dijo "sácale una al trasto de los olores" y después, en silencio, una polaroid por cada par de ojos, Remus comparó la belleza y el contenido y comparó el esfuerzo en cada foto y se comparó con Sirius, y sonrió con un poco de melancolía y un poco de envidia y un poco de anhelo.

Y escribe la fecha con cuidado, rozando el alma, con cautela, la fotografía, delicadeza y dedicación en cada letra.
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sólo la gente sin corazón te deja sin más nuevos momentos.

así que odio a los sin corazón.

y quiero tener vacaciones.

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Una vez llovió tanto que las alcantarillas de Azkabán rebosaron de mar y porquería, vomitando un líquido negro que se pegó a las paredes durante meses. Llovió tanto que ni siquiera las ratas supieron lo que se avecinaba y sólo las más viejas huyeron. Esta es una cría. No distinguió los cambios en el olor del cielo que preceden las tormentas, no nadó lo bastante rápido para alcanzar un lugar a salvo de la marea ascendente. El agua la arrastró y primero opuso resistencia, se revolvió y chocó contra las piedras afiladas de los túneles. Un pedazo de hierro saliente le arrancó la piel de la pata posterior y la sangre se confundió con el oleaje. Cuando dejó de luchar siguió golpeándose primero como un animal moribundo y luego como un pequeño cadáver peludo y empapado.

Lleva ahí dos días. Una vez llovió tanto en Azkabán que las alcantarillas rebosaron de porquería y vomitaron una cría de rata en la celda de Sirius Black, que en vez de comérsela cuando todavía está húmeda se echa a reir, esperando que se ponga en pie y una voz muerta para los demás le diga "¡Era una broma!".
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